viernes, marzo 05, 2010

sangre joven

Pibes cantina se agarran a trompadas a la salida del boliche. El rastrero que trepa balcones para recibirse de escruchante. Un novio cela a su chica porque su chica anda con un pata de lana. El cachivache que quiere sacarle dinero al amigo rico. Dos compañeros de clase visten de negro, uno dibuja esvásticas en el banco, el otro lee literatura fascista. Clásicos de la cultura joven contemporánea. Nada extraordinario, si no fuera porque en el breve tiempo en que se da vuelta una media aparece el drama, las historias giran violentamente y rumbean hacia el mal, irreversibles. Sangre joven se llama el primer libro de Javier Sinay, subtitulado Matar y morir antes de la adultez (Tusquets), un furioso y a la vez delicado trabajo que reúne seis historias reales protagonizadas por jóvenes que matan y mueren. Como si Enrique Sdrech lo estuviera aconsejando desde el cielo, Rogelio García Lupo desde el archivo y Ricardo Raggendorfer desde el mismo lugar de los hechos, el autor asume las normas del género policial, aparece en el lugar del crimen cuando las cámaras de tevé se han fugado, revuelve expedientes, indaga a fiscales y abogados, viaja a la Patagonia, camina las calles de José C. Paz, La Plata y Villa Pueyrredón, entrevista familiares de víctimas y cocina la biografía de los victimarios. Sinay (1980), acaso el cronista más atrevido que tuvo alguna vez el suplemento Si! de Clarín y uno de los primeros en graficar el nacimiento de la cumbia villera cuando despuntaba el siglo, si bien se hace cargo de los procedimientos de un investigador de la vieja guardia, también agrega toques de nuevo periodismo, no ya como el reportero estrella que abusa del yo para meterse en el relato cual protagonista que resuelve un crimen y encuentra al asesino. Bien lejos de eso, cuando la crónica empieza su ritmo imparable en tiempo presente, cuando la historia no se centra en una clase social sino en una generación, cuando como lectores nos comemos la película de que “esto está pasando ahora”, el autor para la pelota y levanta la mirada. Está golpeado. Conmovido. Su sensibilidad no le permite esquivar el dolor de la tragedia. No es un cirujano que corta y pega, ni siquiera un viejo periodista curtido al que ya nada sorprende. Es casi tan joven como los protagonistas. Cuando el cronista termina de hablar con amigos y familiares de asesinos y asesinados, y queda sólo con la certeza de que no descansará hasta contar esa historia, que no tendrá paz hasta no haber tipeado la última letra de esa historia, los fantasmas de los vivos y los muertos siguen, como siempre lo hacen, hablándole al oído.